A mis soledades voy,
de mis soledades vengo.
Lope de Vega
Me gustan esos dos versos, porque no hablan de soledad, sino de soledades. Me gusta pensar en mis soledades.
Quizá para mí la soledad más dulce es la de octubre-noviembre, se cuela por las rendijas de las puertas y las ventanas con su olor de invierno temprano y su luz, a veces plomiza, otras como el azul de julio. El aire, casi de invierno, hace que me arrebuje entre mis brazos, mi pecho y mi chaqueta, y en ese gesto inconsciente aparece la antesala del recogimiento, de la introspección, aparece el preludio de la soledad dulce del otoño.
Los recuerdos se acomodan en mi mente mientras me abrocho la chaqueta, y casi puedo oír el ruido de la hojarasca que mis pies producían mientras iba al instituto. Sabía, en ese momento, que debía separarme de mis amigas y dejarme invadir por los susurros de las hojas marrones. Los susurros dejaban al descubierto esqueletos de árboles mecidos por el ritmo de la naturaleza. Los árboles no estaban tristes, las hojas tampoco, y yo escuchaba en soledad su secreto. Los árboles no se pertenecían a sí mismos, formaban parte del todo y simplemente cumplían con el ritmo de Gaia. Mis amigas me reclamaban, mientras yo bailaba danzas olvidadas, recuperadas por mi memoria gracias a la soledad que me permitía escuchar a los árboles.
Soledad dulce de otoño.
Hay otra soledad que me llena de júbilo, serena, alegre, que llena mi vida de momentos espléndidos, es la soledad real, física. Nadie en casa, los teléfonos desconectados, la compra realizada, todo preparado para la inmersión sin interrupciones en mi mundo. Todo preparado para el deleite. La música, los libros, las películas, la nada. Bucear durante unos días en el capricho de la libertad absoluta, y sumergirme en las horas a merced de mi capricho, mi deseo, mi placer.
La soledad alegre del deleite.
Hay una soledad terrible, innombrable, inmensa. Los síntomas se reconocen enseguida, como se reconocen los síntomas de la gripe. Ante la gripe poco podemos hacer, da igual tomarse antibióticos o analgésicos, los microbios entran en nuestro organismo y producen la gripe, y ante eso, simplemente nos preparamos para pasar los días con el menor malestar posible, pero sabiendo que no podemos combatirla, y que dura 7 días, según Fleming, sin penicilina, y una semana, según Fleming, con penicilina. En cualquier caso, es la gripe.
La soledad innombrable, también tiene sus síntomas. Primero una gran bola de acero justo en la boca del estomago, esa bola se desplaza y consigue estirar el alma, que a veces parece habitar en el plexo solar. El alma se estira, se estira y llega un momento donde se convierte en una lámina de acero, tan dura que apenas puedes respirar. Pero es, simplemente el primer síntoma, el segundo es cuando notas que sientes un frío extraño en la columna vertebral, y además de tener estirado el pecho, la espalda se pone rígida. El tercer síntoma es que caminas sobre la nada, porque han quitado el suelo bajo tus pies. A partir de ahí, sabes que has pillado tu propia soledad, igual que pillas la gripe, y sólo cabe esperar. Del mismo modo que se aprende a soportar 38 grados de fiebre, se aprende a soportar el mareo y la angustia que produce andar sobre la nada, y también se aprende a caminar, viendo como se hunden los pies porque el acero de tu alma pesa mucho, y la base sólida en la que apoyarse desaparece.
Al cabo de un tiempo, este tipo de soledad se marcha, igual que se marcha la gripe, y te reincorporas a la vida activa, pues durante el tiempo que has sido víctima de los microbios de la soledad innombrable, has estado ajena a la vida.
La soledad de los solos sirve para hacer amigos, me explico. Por alguna extraña razón que desconozco, tengo tendencia a sentirme ajena a las situaciones que me toca vivir, es como si mirase un cuadro, o una película. Veo el grupo y me veo a mí, pero me veo desde fuera, observándome como observo a los demás. Es decir, estoy sola en compañía. Pero el azar, redondo y seguro azar, con alguna frecuencia, no mucha para ser sinceros, sitúa en algún grupo a alguien como tú, y a los cinco minutos las miradas que se cruzan nos permiten reconocernos como iguales, se establece una cálida complicidad, y el cruce de memoria y momentos antiguos nos acompaña en la soledad de los solos. Esos amigos duran mucho tiempo, porque esos amigos y yo sabemos qué tenemos en común, y no nos hace falta explicarlo, pertenecemos al club de la soledad compartida.
La soledad de los solos sirve para hacer amigos.
Y, por último, existe la soledad que yo más temo, y afortunadamente nunca ha sido mi compañera. Hablo de la soledad de los que están solos y se sienten solos. Es decir, de aquellos que saben que no importan a nadie, de aquellos que no tienen la posibilidad de compartir, de aquellos que saben que si abandonan la vida, simplemente, nadie les va a echar de menos.
Por eso es importante para mí seguir creyendo en determinadas causas, y hacer algunas denuncias y reivindicaciones, simplemente, porque, aunque intuyo que apenas va a cambiar la situación, quiero que algunas personas a las que no conozco y nunca conoceré, sepan que no están solos en su sufrimiento y sí importan a seres humanos lejanos y desconocidos. Creo que lo peor de estar prisionero, pasar hambre, sufrir torturas o comprobar como trafican contigo, debe ser la sensación de que ante tanto sufrimiento nadie se inmuta, tener conciencia de que no le importas a nadie.
También es importante para mí valorar profundamente a las personas que practican el voluntariado, y a aquellas personas directamente relacionadas con los que mueren solos. Una mano cálida y una mirada dulce, puede ser, en el último momento, la frontera entre la paz o el tormento.
A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
...
PD.-1.-.- Este escrito lo pongo hoy en el blog, y no otro día, por culpa de dos poetas